Santiago Tejedor
Aprender a desaprender

¿Y si aprender exigiera también desprendernos de algunas certezas?
Habitualmente asociamos la educación con acumular: más conocimientos, más lecturas, más experiencias, más competencias. Sin embargo, crecer intelectualmente también implica revisar aquello que alguna vez dimos por cierto.
A lo largo de nuestra vida acumulamos conocimientos, pero también prejuicios, estereotipos y explicaciones simplificadas que pueden condicionar nuestra manera de interpretar la realidad. Desaprender no significa borrar lo aprendido ni desconfiar sistemáticamente de todo. Significa desarrollar la suficiente humildad intelectual para aceptar que podemos estar equivocados. Una conversación, una investigación, un libro, un viaje o una nueva evidencia pueden obligarnos a modificar ideas profundamente arraigadas. Esa capacidad para cambiar de posición ante argumentos mejores constituye, en realidad, una manifestación de fortaleza intelectual.
La educación debería ayudarnos a convivir con esta posibilidad. No podemos preparar a los estudiantes para un mundo cambiante si les transmitimos que aprender consiste en almacenar certezas inmutables. Necesitamos enseñarles a actualizar conocimientos y revisar perspectivas. Hay aprendizajes que nos permiten avanzar; otras veces, para poder avanzar, necesitamos primero tener el valor de desaprender.

