Santiago Tejedor
El derecho a equivocarse

¿Y si uno de nuestros mejores profesores fuera precisamente el error? Desde pequeños aprendemos que equivocarnos tiene consecuencias: una respuesta incorrecta, una nota más baja, una corrección en rojo. Sin embargo, una parte importantísima del conocimiento humano ha avanzado gracias a personas que probaron algo, se equivocaron, analizaron lo sucedido y volvieron a intentarlo.
El error puede ser una extraordinaria herramienta educativa cuando sabemos convertirlo en aprendizaje. Esto no significa que todo error sea irrelevante ni que debamos renunciar a la exigencia. Al contrario. Se trata de enseñar a identificar qué ha fallado, comprender por qué y buscar alternativas. Este proceso desarrolla perseverancia, autonomía, creatividad y pensamiento crítico. También ayuda a combatir el miedo a participar. Un estudiante que teme permanentemente equivocarse tenderá a elegir siempre el camino más seguro; uno que entiende el error como parte del proceso estará más dispuesto a experimentar y explorar.
La educación debería crear espacios donde sea posible intentar, revisar y volver a empezar. Muchas veces aprendemos más de una respuesta equivocada que analizamos profundamente que de una respuesta correcta que simplemente memorizamos. Una educación que únicamente penaliza el error puede generar miedo; una educación que enseña a comprenderlo puede generar conocimiento y confianza.